
Salir de Venezuela, dejar a mi familia, a mis amigos, dejar mis sueños, y toda mi vida, no fue nada fácil. Pensaba que llegar a un nuevo país sería difícil, incluso sabiendo que entre Colombia y Venezuela compartíamos una historia en común.
Les cuento que, desde niño en la comunidad donde vivía en Maracaibo, crecí comiendo carimañolas y arepa e’ huevo, escuchando al Binomio de Oro y las canciones del Joe Arroyo; mis tías pasaban sus despechos llorando a moco tendido mientras sonaba a todo volumen las Musas del Vallenato. Crecí rodeado de hermanos colombianos. Mi madrina Nancy, era colombiana; los mejores amigos de mi papá, Juancho y Lucho, eran colombianos… para mí era una cultura cercana, muy familiar… ¿Quién iba a imaginar que yo estaría años después en el país que ellos dejaron?
Cuando llegué Colombia, hace más de cinco años ya, quería seguir haciendo lo que más me apasionaba en la vida, pero estar en un país donde nadie me conocía, me hacía dudar en si estaba tomando o no, la decisión correcta… obviamente al principio no fue nada fácil y más si llegas acá con solo diez mil pesos en el bolsillo y una maleta llena más de títeres que de ropa. Ese fue mi caso.
¿A quién se le haría fácil salir de su casa y dejarlo todo porque así no más? A nadie, ¿verdad? Me fui adaptando, y aceptando que había que seguir adelante, «que ya no era refresco sino gaseosa, que ya no era lampazo ni coleto, sino trapero, que ya no era catira sino mona»… y así fui aceptando que la vida continuaba, que pa´ atrás ni pa´ coger impulso… Comencé a acercarme a líderes migrantes para conocer sobre cómo podía vincularme a las actividades que desarrollaban en Barranquilla, y ahí fue donde comenzó esta hermosa historia.
Teatro es lo que he hecho durante toda mi vida, y junto con Alejandro, otro de los miembros de la Agencia Cultural 7-80, vimos la necesidad de que nuestra gente se refugiará, al igual que nosotros en el arte, para seguir sonriéndole a la vida.
Así comenzamos a apoyar a organizaciones de la sociedad civil, como Fundepana, haciendo títeres para niños y niñas, con el fin de hablarles sobre sus derechos. Esto mientras sus madres recibían, por medio de charlas, recomendaciones para tener a sus bebes. Esta experiencia sirvió para confirmar que por medio del arte y la cultura podíamos ser parte del cambio.

Este acercamiento con mis paisanos, migrantes al igual que yo, me llevó a pensar, junto con Alejandro en la posibilidad de generar nuevos contenidos culturales que permitieran cambiar la historia de niños y niñas que, así como nosotros, tuvieron que salir de Venezuela, teniendo que adaptarse a nuevas personas, nuevos contextos a nuevas palabras, y enfrentar grandes obstáculos.
Sé que muchos se sienten identificados. Salir de la tierra querida, desaprender y volver a aprender no es tan sencillo, pero hoy, les puedo decir que, a pesar de extrañar aquella ciudad puerto: Maracaibo, donde está construida la casa de puerta azul y ventanas amarilla con nomenclatura 7-80, en la que hicimos teatro para cientos y cientos de personas, hoy hago parte de aquellos que pueden cambiar la historia de muchas personas haciendo lo que mejor sé hacer: arte y cultura con sentido social.

Es decir, haciendo uso de las mismas herramientas, pero con el propósito de ayudar a transformar, a construir, a unir y a pensar, que a pesar de extrañar y recordar con nostalgia aquella vida que dejamos en Venezuela… esta, la que hoy escribimos, ayudará a cambiar la vida de muchos y muchas que, como yo, que como Alejandro, que como ustedes, sueñan algún día contar una nueva historia, una historia en común que traspase fronteras e individuos, una historia que entre todos se teja, una historia en la que todos nosotros hagamos parte.
Por Ramón González Uzcátegui
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